jueves, 11 de agosto de 2016

El estigma de Urd (cap. IV)

Al filo de la amanecida, el convoy recalaba en la metrópoli costeña.

Los viajeros, arremolinados ya en la plataforma, se apearon del tren. Frida fue la última en apearse y tomar contacto con el exterior. Un escalofrío recorrió su espina dorsal: la mañana se presentaba gélida. El aire  azotaba el ramaje de los árboles. El frío, inusual para aquella época del año, le traspasaba la vestimenta. Vio que el tren era engullido por la lejanía y sintió deseos de llorar. De un manotazo se secó los furtivos lagrimones que afloraron en sus pestañas. “Nada de lloros. Lo hecho, hecho está y es irreversible. Es hora de despedirse del pasado y darle la bienvenida al futuro”, se dijo. Resolvió tomar un taxi que la condujera al hotel más próximo. La recepcionista le recomendó una suite en la séptima planta y ella asintió con la cabeza. Una vez se hubo instalado, se dio una ducha. Luego se tumbó sobre el lecho y se arropó con el edredón: estaba aterida. Horas más tarde se enfundó un vestido y se fue directa a la cafetería. Ingirió un fortísimo café y se fumó un par de cigarrillos. Recobrado ya el estímulo, se sintió con fuerzas para abordar la populosa urbe. Salió a la calle y se sumó a la vorágine humana.
A partir de ese primer encuentro con la ciudad, Frida dedicó las mañanas a pasearse y frecuentar tiendas, en las que dejaba parte de su exiguo capital: compraba de forma compulsiva, actuando no como quien está al borde de la ruina sino cual turista acaudalada. Las tardes se las pasaba tirada en el lecho, sin otra aspiración que dejar la mente en blanco y gozar de la morbosa placidez de ver extinguirse las horas. Algunas veces se permitía recordarse que la estancia en el hotel le generaba un gasto al que en modo alguno podía hacer frente. Sin embargo no hizo amago de buscarse otro alojamiento, más en acorde con su esquilmado bolsillo.
Al cabo de un par de semanas tomó conciencia de que le urgía encontrar trabajo. Aunque lo tenía difícil: su progenitora la había educado para ser esposa, madre y por encima de todo señora mantenida. Careciendo de titulación que la acreditara cualificada para desempeñar una labor meritoria, sólo le quedaba la alternativa de emplearse como doméstica.
En vano peregrinó de casa en casa. Sus pretensiones de empleada de hogar se trocaron en frustraciones. De cuando en cuando su empeño en encontrar empleo se veía recompensado con promesas alentadoras, tras las que claramente subyacían proposiciones deshonestas: estaba dotada de una carga erótica que la hacía ser constante objeto de deseo. Poseía la sibilina cualidad de despertar ese instinto de cazador, inherente a todo macho, debido al cual la presa –"ser inferior"– se presta a ser abatida, disecada y colgada como trofeo, o bien domesticada y utilizada para goce personal.
Continuará...
© María José Rubiera