jueves, 8 de junio de 2017

El estigma de Urd (cap. XIII)

Fiel a su promesa, a las nueve y media en punto –ni un minuto más ni uno menos– Alejandro Ribás se encontraba apostado ante la residencia de Marion y Frida, esperando con gesto hosco e impaciente verlas aparecer de un momento a otro.
Cuando las jóvenes hicieron acto de presencia, él se apresuró a apearse del automóvil, sin que nada en su rostro evidenciara el malhumor que sin motivo aparente acusara momentos antes. Mostrando por el contrario una amplia sonrisa se les aproximó y acariciando con la mirada a Frida, sin más preámbulos se dirigió a Marion. “Tú debes de ser Marion. ¿Sí? Un placer conocerte. Frida me ha hablado mucho de ti”, dijo con voz timbrada, estrechando con delicadeza la mano femenina. “Lo mismo digo, Alejandro”, respondió escueta Marion. Galante alabó los atuendos que las jóvenes lucían para la ocasión, estimándose afortunado por tener el privilegio de estar en tan hermosa compañía. Concluidos los formulismos de rigor los tres guardaron silencio. “¿Nos ponemos en marcha, Alejandro?”, propuso Frida, rompiendo el mutismo que amenazaba con enseñorearse de la velada. Sin emitir palabra alguna llegaron al restaurante. En el interior del mismo todo parecía haberse quedado congelado en el tiempo: Todo, o al menos así le pareció a Frida. Se dejaron guiar por el maître, y una vez sentados a la mesa Ribás procedió a elegir los vinos, transmitiendo con impecable acento francés su elección al camarero.
En el transcurso de la cena se fue disipando la tensión que se estableciera entre ellos, y la conversación fluyó sin impedimentos. Conversador avezado Ribás hizo gala de dominar los diversos temas que salieron a colación, denotando con ello una esmerada cultura. Frida lo miraba arrobada: el exultante fulgor de sus ojos era un claro exponente de la veneración que por él sentía. Marion también estaba pendiente de los gestos del rebuscado dandi, pero no por la misma razón que guiaba a Frida. En absoluto se sentía impresionada por aquel presuntuoso individuo, sino todo lo contrario. De su persona se desprendían emanaciones repelentes, detectadas por ella en el instante mismo en que estableciera contacto con su sudorosa mano: era signo inequívoco de una mente retorcida. La epidermis, muda a la par que expresiva había puesto en evidencia el universo secreto del hombre. Vano le sería parapetarse tras aquellos modales cultivados y su porte de excelso señor. No, jamás lograría embaucarla.
Cuanto más lo observaba, más repulsivo le parecía. Sintió cómo la incomodidad que le causaba iba en aumento, pugnando por expresarse a través de hirientes palabras. Pero estimando que zaherirlo a él era tanto como zaherir a Frida, encajó las mandíbulas y siguió aparentando una afabilidad que estaba muy lejos de ser auténtica. Pensó en argüir una excusa convincente que le permitiera irse a fumar un cigarrillo, una jaqueca por ejemplo, y al instante desechó la idea. “Sabes, querida, Alejandro detesta el olor a tabaco... Si quisieras hacerme el favor de evitar fumar en su presencia...  ¿Sí...? Mil gracias”, le había rogado Frida antes de salir de casa. “¡Menudo mamarracho estás hecho!”, masculló, mirándolo de reojo.
 
La sobremesa se prolongó más allá de lo imaginable. Y la irritabilidad  de Marion alcanzó cotas insospechadas.
 
© María José Rubiera Álvarez