viernes, 5 de agosto de 2016

El estigma de Urd (cap. III)

Frida irrumpió en el concurrido compartimento.
Su precipitada incursión en el mismo captó la atención de los numerosos pasajeros. Pero una vez superado el instante de expectación, dejó de ser el centro de todas las miradas. Avanzó por el pasillo. Ocupó una de las escasas plazas que aún quedaban por ocupar y respiró aliviada: se sentía a salvo. Corría el riesgo de que en breve apareciese el revisor y la invitara a irse del compartimento, que en absoluto se correspondía con el indicado en su billete, pero se dijo que en caso de darse esa circunstancia se iría trasladando de compartimento en compartimento o en última estancia se apearía del tren: todo antes que volverse a encontrar a solas con el desconocido. Pegó el rostro al cristal de la ventanilla y escudriñó el tenebroso exterior: ya era noche cerrada. La lluvia, expresada al principio con timidez, se precipitaba ahora torrencial e impactaba sobre la metálica techumbre, azotándola sin piedad. El convoy continuaba impertérrito su recorrido, como si albergara la absoluta certeza de que en nada podría el temporal agredir su férrea  envergadura. Se estremeció y retirando el rostro de la ventanilla corrió la cortinilla de loneta beige: le aterraban las tormentas. Y no sólo las tormentas sino también la nocturna oscuridad.
Apenas si había abandonado la niñez cuando por vez primera había sido asaltada por aquella indefinible sensación, la cual le hacía sentir como si cada átomo que conformaba su delicada anatomía se manifestara de forma individual y le gritase cuán ínfima era. Nunca había podido encontrar argumento razonable que explicara tan irreverente temor. “¿Será porque la noche representa el resurgir del pensamiento transgresor, que al amparo de la oscuridad no teme ponerse de manifiesto…?”, pensó. De súbito, asaltándola por sorpresa, se proyectó en su mente la imagen del desconocido. Hubo de admitir que el hombre para nada se ajustaba al perfil del violador. Sin duda sólo era un donjuán que gustaba de enredarse en devaneos amorosos. De albergar otra oscura intención no la habría dejado irse por las buenas, no sin antes haberle infligido alguna bajeza.
Se reprochó sus infundados temores. Se vio actuando cual ñoña pusilánime, y las mejillas se le tiñeron de rubor. Aunque lo cierto es que nunca se le había dado oportunidad de librar lid con las incidencias mundanas: los suyos le habían solventado esa dificultad. Al parecer no estaban seguros de que ella pudiera salir airosa del enfrentamiento con esa escollera denominada existencia, donde los avatares se suceden sin darse respiro y las posibilidades de triunfar son limitadas, haciéndose imprescindible jugárselo todo a una sola moneda. Cara o cruz, anverso o reverso, blanco o negro: así de tajante es la vida. Y no era tan ingenua como para engañarse al respecto. Pero estaba dispuesta a no dejarse acobardar y demostrarse  que saldría adelante sin ayuda. Aunque la plena libertad le acarrease quebraderos de cabeza, ella, como cualquier individuo que se precie de ser persona, debía concederse la oportunidad de ser libre para evaluar si la libertad absoluta no sólo reporta inconvenientes sino que también goza de ventajas.
Pensó de nuevo en el desconocido. ¿Qué impresión le habría causado su timorato proceder? Debía de estar tan habituado a que las mujeres se rindieran ante sus encantos... ¡Qué apuesto y viril el muy canalla! De él emanaba un gran poder de seducción. Todo en él era puro magnetismo animal. ¡Qué grato dejarse seducir por semejante espécimen! “¡Pero ¿qué diantres me ocurre?! ¿Por qué razón tolero que ese individuo se cuele en mis pensamientos? ¡Un buen comienzo para tu pretendida libertad e independencia!”, se regañó. Agitó con fuerza la cabeza, como si el gesto le ayudara a diluir en los confines del olvido la seductora imagen del hombre. Los rubios cabellos se le desprendieron del moño, sujeto apenas por un par de horquillas, y se le desparramaron por el rostro aniñado. De pronto tomó conciencia de que no estaba sola en el compartimento. Temió que su incontrolado impulso fuese interpretado por los pasajeros como signo de desvarío. Echó un vistazo a su alrededor: la indiferencia era la tónica dominante; algunos viajeros dormitaban, otros se entretenían hojeando ciertas revistas de actualidad. Se dispuso a centrar su atención en la lectura de un libro, pero los caracteres bailaron ante sus somnolientos ojos. Abandonando la idea de leer se dejó acunar por el traqueteo del convoy que fiel a su cometido, ajeno a los conflictos que se fraguaban en la mente de los viajeros, continuaba su vertiginosa carrera.
Se sumió en un duermevela. En su agitado ensueño escenas premonitorias, anticipándose al futuro.
 
© María José Rubiera