martes, 2 de mayo de 2017

El estigma de Urd (cap. XI)

Frida frunció el entrecejo: ninguno de los vestidos almacenados en su ropero resultaba adecuado para la ocasión.
Había reservado mesa en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad, y deseosa de lucir lo más chic posible optó por asaltar el vestidor de Marion. Entre las numerosas prendas de vestir que su amiga atesoraba se decantó por un conjunto en seda tornasol verde agua y dorada, que resaltaba hasta lo indecible su femineidad. Se miró en el espejo: estaba preciosa. El traje se ajustaba como un guante a su estilizada figura. La tonalidad de la seda armonizaba con su tez bronceada por el sol.

A las diez de la noche, hizo aparición en el restaurante. Todas las miradas masculinas, incluso las de aquellos que cenaban en compañía de hermosas mujeres, recayeron sobre ella. Erguida, un tanto envarada por la expectación que había desencadenado su presencia, con paso firme se dejó conducir por el maître hasta la mesa que le había sido asignada.
El comedor había sido sabiamente decorado para deleitar a la selecta clientela. Invadiendo la superficie inmaculada de las mantelerías, compitiendo entre sí por obtener el premio a la exquisitez, loza de excelente manufactura inglesa, cubertería de plata, cristalería de Bohemia, pequeños búcaros de alabastrada textura que portaban rosas cuyo lujurioso carmesí destacaba sobre la albura del lino. La titilante luz de las velas, disputándole la iluminación a las luces indirectas, confería destellos plateados a las palmatorias. Un violinista, ataviado de frac, tensaba el arco sobre las cuerdas. El gemido de los primeros acordes no se hizo esperar y casi al instante el artista, logrando que el instrumento cobrara vida, interpretó una bellísima melodía.
Un lujo que en absoluto contribuía a que Frida disfrutase de la velada: la música y los susurros provenientes de las mesas contiguas le hacían acusar aún más si cabe la soledad. Cenó sin apetito alguno. Mientras apuraba poco a poco el café que le habían servido, reparó en la servil solicitud que el maître dispensaba a los comensales habituales. “Deferencia encaminada a recibir una espléndida propina”, se dijo.
La voz de una camarera la sacó de su abstracción:

—Disculpe, señora. Un caballero me ha rogado le entregue esta nota.
—Gracias. Muy amable –agradeció sorprendida. Desdoblando el papel, procedió a la lectura de la nota.

 “Estimada señorita, me sentiría sumamente halagado si aceptara departir conmigo en tanto nos tomamos unas copas. Considero me lo debe un poquito, puesto que me he pasado la velada pendiente de sus encantos. Me hallo sentado al fondo del comedor, a la derecha de usted. ¿Querría honrarme con su maravillosa presencia...?”

Frida paseó la mirada por el comedor. El enigmático remitente ocupaba una de las escasas mesas individuales. Pero la tenue luz que reinaba en el  recinto le impedía apreciar con nitidez el aspecto del desconocido. Pendiente de la mirada de ella, agitando la mano la saludó con una ceremoniosa inclinación de cabeza. Frida desvió la mirada, dudando entre aceptar la invitación o marcharse. En modo alguno le seducía pasarse otra noche en compañía de la soledad, pero aun así eligió irse del restaurante. A punto de traspasar el umbral de la puerta, cambió de idea y virando en redondo se dirigió resuelta hacia donde se encontraba el casanova, que habiéndose percatado de la maniobra la aguardaba puesto en pie.


—Un placer coincidir de nuevo con usted, señorita –tomando las manos femeninas entre las suyas, las besó con suma delicadeza. Frida no daba crédito a lo que sus ojos veían.  Esbozando una divertida sonrisa, él añadió–: Está usted en lo cierto. Soy aquel maleducado pasajero que teniendo un mal día se comportó harto injusto con usted. Gracias por aceptar mi invitación. Puesto que en su día no me concedió la oportunidad de decirle mi nombre, cabe presentarme como es debido –y alargando la diestra–: Soy Alejandro Ribás Lenor.
—Yo soy Frida –dijo con un hilo de voz.
—Un nombre en consonancia con su belleza.
—Gracias. Muy adulador –respondió turbada.
—No lo entienda como lisonja, Frida –el nombre pronunciado por los labios masculinos adquiría connotaciones melodiosas–. Tome asiento, por favor. ¿Qué desea tomar?
—Nada. Gracias. Preferiría nos fuésemos de aquí, si no le importa.
—Faltaría más. ¿Adónde le apetece ir?
—Lo cierto es que no lo sé.
— ¿Asumo la decisión?
—Sí, por favor.
—Bien. Entonces iremos a un lugar donde las estrellas lucen por techo.

Se encaminaron al parking. Frida, rechazando ocupar el asiento del copiloto, se instaló en la parte trasera del coche. Les sería preciso recorrer diversas calles atestadas de juerguistas, amén de varias avenidas obstaculizadas por el incesante discurrir de los vehículos hasta abordar un desvío que los llevaría a una colina desde donde podrían contemplar la magnitud del firmamento.
A través del retrovisor, amparada por la penumbra, Frida podía observar sin disimulo la penetrante mirada masculina: ora atenta al denso tráfico, ora enfocada hacia el rostro de la preciosa muchacha. El hombre hablaba sin cesar, haciendo alarde de esmerada dialéctica. De cuando en cuando, ella se permitía expresar algún que otro parecer. Si bien su voz no mostraba signos de inquietud, las sienes le palpitaban como si estuvieran a punto de estallar. Se regañaba a sí misma, calificándose de loca temeraria por subir al coche de un desconocido, máxime a aquella hora de la noche. Le costaba permanecer quieta en el asiento. Por suerte la oscuridad era su mejor aliada. Presa de mil emociones hubiera dado algo bueno con tal de poder encender un cigarrillo y aspirar el humo, que actuando a modo de sedante calmaría su desasosiego.
Por fin arribaron a la cima del promontorio. Transcurrida media hora, los temores de Frida se fueron disipando al observar el comportamiento correcto y educado de su acompañante. Conversaron acerca del lugar en que se encontraban, de la hermosa bahía que desde allí se divisaba en todo su esplendor: la luna llena destellaba sobre las aguas en calma, dotando de destellos ambarinos a las mismas. Como obedeciendo a un tácito acuerdo ambos se abstuvieron de formular preguntas que pudiesen romper el hechizo que los embargaba. En un  momento dado, Frida se sorprendió deseando que la noche se prolongara indefinidamente. Pasadas unas horas emprendieron el regreso. De nuevo en la ciudad acordaron irse a tomar unas copas que pusieran el colofón a tan agradable velada.

Aquella mágica noche, esculpida a fuego en la memoria de Frida, marcaría el principio de una tempestuosa relación.

© María José Rubiera