viernes, 2 de diciembre de 2016

El estigma de Urd (cap. VIII)


Al día siguiente comenzaron los preparativos del que no sólo sería su domicilio sino también la sede de su actividad laboral.
Si bien Marion contaba en su haber cinco años más que Frida, su grado de madurez sobrepasaba al de ésta con creces. Organizadora nata se apresuró a diseñar un programa de actividades que las mantendría ocupadas durante algún tiempo. De tal suerte, destinó las mañanas a supervisar el trabajo de los decoradores. Las tardes a aleccionar a Frida sobre aquello que le era imprescindible asimilar para ejercer como meretriz. Sostenía que existían una serie de preceptos aplicables a las cortesanas del amor (evitaba siempre utilizar la palabra “puta”, por estimarla vulgar). Y obrando en consecuencia se encargó de proporcionarle literatura encaminada a tal fin, de la que extraer información preciosa. Una extensa serie de autores versados en erotismo pasaron a compartir la intimidad de la neófita. En comparación con aquellos tratados erótico-pornográficos, la experiencia de que disponía resultaba pobre en matices lascivos, de modo que cada palabra, cada frase, cada verso equivalían a un manual a seguir.

—No tenía ni idea de que existiera tanta literatura sobre el arte de seducir –manifestó una de aquellas tardes.
—Ya… Supongo. ¿Has reparado en que toda obra erótico-pornográfica se basa en teorías estrictamente masculinas, y por ende estructuradas en beneficio del hombre? Me enfurece pensar que hemos sido supeditadas al dominio del macho. ¿No consideras denigrante que llevemos siempre las de perder? Hasta en la Biblia han tenido la osadía de ponernos a la altura del betún. Así se explica que Eva fuese considerada “paradigma de la ninfomanía”. Pero claro está, a ellos les ha venido de perlas ya que amparándose en esa falacia han tenido la excusa perfecta para rebajarnos hasta la saciedad, dando rienda suelta a sus instintos más primitivos.
—Eres terrible, Marion. No pierdes ocasión para detractar a los hombres.
— ¿Acaso es de extrañar…? Desde que el macho es macho no ha pensado otra cosa que no fuese en dominar a las féminas que se le pongan por delante. Por cierto: ¿Sabes quién fue el primer machista datado como tal en la Noche de los Tiempos?
—No tengo ni idea.
—Adán.
— ¿Adán...? Bromeas, ¿no?
—En absoluto. ¿Me ves cara de estar bromeando?
—Instrúyeme pues.
—Según crónicas arcaicas, mucho antes de conocer a la consabida Eva, el Adán en cuestión tomó por la fuerza a Lilith, la cual negándose a ser sometida se rebeló y huyó a la Región del Aire. Por lo cual el susodicho, temiendo se pusiera en tela de juicio su supremacía de macho, hizo correr el rumor de que la rebelde no era sino un súcubo que lo sedujera. Es por lo mismo que en la actualidad se la conoce como madre de gigantes y demonios. ¡Pobre Lilith…! A mi entender era más celeste que terrena, por lo que cabe suponer abominaba el sexo forzado. De ahí se explica que huyera a la región en que prima el idealismo.
—Curiosa historia. Aunque albergo la impresión de que la has amañado a conveniencia –dijo Frida, lanzando una carcajada–. ¡Me estás resultando una feminista radical, Marion!
—Te equivocas. Me resbala el movimiento feminista –afirmó encendiendo un cigarrillo–. Es una cruzada que nunca alcanzará el éxito, puesto que la mujer es la peor enemiga de la mujer. ¿Por qué crees si no que los hombres viven tan relajados? Son sabedores de que jamás dejará de haber mujeres machistas, y que gracias a ellas la batalla feminista perdida está de antemano. En fin… Allá cada cual con sus problemas –dijo encogiéndose de hombros, y aplastando el cigarrillo en el cenicero–: Sigamos con el tema que nos ocupa. ¿Por dónde íbamos…? ¡Ah, sí..! Lo habíamos dejado en la literatura erótica. Para serte sincera creo que no es la teoría la que debe preocuparte, sino la práctica.
—Sí, supongo que eso se me hará más peliagudo. ¿Has ejercido alguna vez de…? –interrumpió la frase, buscando el sinónimo que evitara herir la sensibilidad de su amiga.
— ¿Mujer pública? –respondió Marion, redondeando la pregunta inconclusa–. No. Pero puedo jurarte que saldré airosa de la prueba. A fuerza de beber en manantial enlodado, de tener el orgullo maltrecho y la autoestima perdida he adquirido experiencia. Para librar lid con el diablo es menester convertirse en diablo –afirmó rotunda, y Frida se abstuvo de preguntarle el porqué de la aseveración.
 
Marion se quedó absorta, la mirada perdida en un punto imaginario. De pronto, dando rienda suelta a un impulso clavó las uñas en los hombros de Frida, y comenzó a zarandearla.

Continuará...
 
© María José Rubiera