jueves, 15 de septiembre de 2016

El estigma de Urd (cap. VI)

Frida no reaccionó hasta pasados unos minutos. Luego, enderezando el talle con extrema lentitud situó los pies sobre el enlosado.
— ¿Podrías darme fuego, por favor? –preguntó una vez más la desconocida. Temblando como una azogada, Frida le pasó el mechero.
—Gracias, me acabas de salvar la vida. Me alegro de conocerte –y extendiendo la mano–: Soy Marion.
—Frida.
—Hermoso nombre. ¿Hace cuánto te hospedas en el hotel?
—Desde hace poco –respondió lacónica.
— ¿Te apetece un cigarrillo? –y tendiéndole la pitillera–: ¿Sabes?, me es grato fumar en compañía. ¿Te importaría si me paso por tus dominios un momento? –preguntó. Frida consintió con un gesto, y segundos después Marion irrumpía en la habitación.
—Me he permitido traer un quitapenas –dijo, señalando una botella de ron.
—No, gracias. Me asquean las bebidas alcohólicas.
—Sólo un sorbito –insistió–. Verás qué bien te sienta. Estás muy pálida, ¿sabes? Das en azul, nenita, y es un color que en absoluto te favorece.
Frida se tomó un par de tragos, y en su rostro se marcó un rictus de repulsión. Instantes después una estúpida sonrisa afloraba a sus labios.
— ¿Lo ves…? ¿Verdad que te sientes feliz? Pues imagínate cómo te sentirás cuando hayamos apurado el contenido de la botella. Tengo una idea: ¿Qué tal si te acuestas? De ese modo, cuando sucumbas a los efectos de la bebida me ahorrarás el esfuerzo de tener que acostarte. ¡Hala! ¡A la cama se ha dicho! –ordenó, y Frida se dejó conducir con docilidad.
Despuntado el amanecer ambas presentaban un estado deplorable. Marion, que se había pasado la noche tirada en un sillón, daba vueltas por el dormitorio, sosteniendo la cabeza entre las manos: una insufrible jaqueca le martirizaba las sienes. Desmadejada y ojerosa Frida permanecía acostada.
— ¡Qué bárbaro! ¡Tal me parece tener una jaula de grillos en la cabeza! –se lamentó Marion – ¡Hacía tiempo que no pillaba un “pedo” tan monumental! Tú, ¿cómo estás? Está claro que no muy bien. ¡Pobrecilla! ¿Podrás perdonarme por inducirte a beber…?
—Lo cierto es que me encuentro fatal. Pero en absoluto tienes la culpa. Soy mayorcita para asumir culpabilidades, ¿no crees?
—Sí, por supuesto –afirmó Marion, al tiempo que encendía un cigarrillo. Y mostrándole la cajetilla de tabaco–: ¿Quieres…? –ante el gesto afirmativo de Frida le pasó el cigarrillo que acababa de encender. Encendió otro para ella y atusando los rizos que le invadían la frente se acomodó a los pies de la cama. Un tenso silencio se estableció entre ambas. Permanecieron silenciosas hasta que Marion, revolviéndose inquieta, manifestó.
—No es que sea mi intención inmiscuirme en tus asuntos. No obstante… ¡Uf! ¡No veas el susto que me llevé anoche!–exclamó, y estremeciéndose–. ¡Qué fuerte! ¡No sabía cómo hacerte desistir de…! Reconozco que la vida se nos hace dificultosa a veces. Pero, ¿y la muerte...? Nadie ha regresado para dar cuenta de lo que nos espera en el más allá.
— No veo la solución a mis problemas, Marion –y estallando en sollozos–. ¡Estoy desesperada!
—Cálmate, nenita. Si me cuentas qué te atormenta quizá entre las dos podamos solucionarlo –consoló, abrazándola. Y espiando el  rostro lloroso–: ¿Ha sido algún cretino el que te ha conducido a este estado? Si es así, no te merece. Olvídate de su existencia.
—No, no... En realidad yo me he buscado esta situación. He abandonado a mi esposo... –y como si hablara consigo misma añadió–: Se me hacía tan asfixiante la convivencia...  Cada minuto que pasaba en su compañía me suponía un terrible sacrificio. Era... como morir un poco cada vez –y enjugando las lágrimas–: Sin embargo... lo añoro cada día.
—Tiendes a idealizar vivencias pasadas, eso es todo. El recuerdo es pérfido, Frida. No te atormentes –aconsejó.
  ¿Cómo no atormentarme...? ¿Sabes?, me urge encontrar trabajo, pero no hay manera de encontrarlo.
¿Has probado suerte en el centro comercial?
—He probado suerte en todos los sitios habidos y por haber.
—Yo sé de un empleo. Aunque... quizá no te interese.
—Te aseguro que no le haré ascos, por muy esforzado que me resulte.
—Te comento, entonces: Estoy en vías de montar un negocio y necesito formar sociedad con alguien. Me pregunto si serás la persona que andaba buscando.
 Te lo agradezco, pero no soy la persona idónea. Mi cuenta bancaria está en números rojos.
—No necesitas aportar capital ahora mismo. Te ofrezco la opción de irlo aportando a medida que te vayas haciendo con ingresos. Considéralo un préstamo, que por supuesto estará exento de intereses.
—No sé qué decir... Me he quedado sin palabras.
—Por mí está hecho. Ahora sólo depende de ti.
—Estás logrando que empiece a ver la luz al final del túnel. Mil gracias, Marion.
—No... No quiero que veas en mí a tu hada madrina. Primero deja que te explique en qué consiste el negocio.
  Soy toda oídos.
 Verás... –Marion carraspeó, luego encendió un cigarrillo y sin más preámbulos–: Se trata de un piso de citas.
   ¡Dios me ampare!
   ¿Te he asustado?
 No. Sólo que no me imagino desempeñando semejante labor.
   ¡Ah! ¿No...? ¿Se puede saber cuántos años has estado casada, nenita?
 Diez –respondió Frida, desviando la mirada.
 Si bien un tanto indiscreta la pregunta: ¿Podrías decirme cuántas veces lo has hecho con tu esposo a lo largo de esos diez años? ¿Cuántas, Frida...? ¿Has perdido la cuenta? No hace falta que me respondas si no te apetece.
 No es lo mismo. Aunque te resulte difícil creerlo, me casé enamorada.
   ¿Sí? ¿Cuánto te duró el enamoramiento? ¿Dos, tres años tal vez...?
No podría precisarlo con exactitud.
   ¿De veras? Apostaría que no te duró mucho más. Seamos sinceras, por favor. Has aguantado todo ese tiempo a tu marido no porque estuvieses enamorada sino por pura cobardía. Corrígeme si me equivoco.
Se produjo un embarazoso silencio.
—Está bien... Dejémoslo estar –concedió Marion, consciente de que había puesto el dedo en la llaga–. Ahora debo dejarte. He quedado con el empleado de la inmobiliaria y si me es factible hoy mismo daré por ultimados los trámites del alquiler del piso. Entretanto te sugiero pienses con detenimiento en mi propuesta. No es tan desagradable como te imaginas. Recuerda: poca o ninguna diferencia existe entre la prostituta y la mujer  que se entrega al marido sin amarlo. Podría decirse que ambas se prostituyen.

Marion salió del dormitorio con paso firme. Frida hundió la cabeza en la almohada y ahogó los sollozos en ella.

© María José Rubiera