miércoles, 17 de agosto de 2016

El estigma de Urd (continuación cap. IV)

La ansiedad comenzaba a minar la entereza de Frida.
Los días se sucedían implacables y apenas si le quedaba dinero con que hacer frente a la factura del hotel y demás necesidades. De continuar sin trabajo se vería forzada a implorar ayuda a su progenitora. Desde que abandonara el hogar no había vuelto a hablar con ella. En numerosas ocasiones había llegado a marcar el número de la casa materna, pero sin dar margen a que nadie diera respuesta a su llamada se había apresurado a cortar la comunicación: su amor propio le impedía reconocer que era incapaz de valerse por sí sola.
Aquel día, a primera hora de la mañana, doblegando su orgullo estableció comunicación con la añorada madre: al instante su destemplada voz le dejó claro que se había posicionado a favor del abandonado consorte: “¿Te parece correcto tu proceder, Frida? ¿Por qué lo has hecho? ¡¿Por qué...?!, le espetó desabrida. Y sin esperar respuesta: ¿Dónde estás? ¿Estás sola, o...?, preguntó suspicaz, dejando en suspenso el resto de la frase. ¡Te ordeno regreses a casa de inmediato. Si no regresas, puedes considerar que dejaré de reconocerte como hija mía! ¡Pobre marido! ¡Un hombre tan honesto y trabajador...!” Por espacio de varios minutos continuó atosigándola con sus reproches. Hasta que Frida, que aguantaba el chaparrón en silencio, no pudo más y dejándola con la palabra en la boca colgó el auricular, a sabiendas que no sólo cortaba la comunicación telefónica sino también el endeble vínculo que aún la unía a sus seres queridos.
Esa misma noche, Frida rememoró las palabras de la autora de sus días. Ni siquiera le había dado oportunidad de exponer las motivaciones que la condujeron a abandonar el hogar. Pero de haber ocurrido lo contrario, ella, tan aferrada al rol de sumisión y respeto al marido, adjudicado a la mujer desde tiempos ancestrales, ¿hubiera podido comprender que la relación marital no sólo puede basarse en el lema “trabajo y honestidad”, cualidades que si bien dignas de encomio resultan insuficientes para alentar la mutua ilusión de la pareja? ¿Comprendería que cuando la lujuria toma las riendas de una relación la magia del amor se desvanece? ¿Comprendería que el hogar para ella había llegado a ser una cárcel sin ventanas al exterior, en la cual se consumía? ¿Comprendería acaso que su existencia se asemejaba cada vez más a un encefalograma plano...? Igual sí. Resultaba curioso: hasta ese preciso instante nunca se había detenido a considerar si en aras de la familia su progenitora había domeñado sus pasiones. Jamás se la había imaginado ocultando instintos desaforados. Había dado por sentado que la casa era su sitio, como si en ella hubiera sido enraizada y en ella hubiera de permanecer por siempre jamás, entendiendo como algo natural e indiscutible su aquiescencia a los imperativos maternales.
Los recuerdos sentaron cátedra en la mente de Frida.
Era una mocosa cuando la paz hogareña se vio truncada por un luctuoso suceso: el fallecimiento repentino del esposo y padre. La pequeña, testigo directo de la conmoción que tuvo lugar a su alrededor, se vio inmersa en la desolación de familiares y amigos que les prestaban apoyo y consuelo.
Celebrados los funerales de corpore insepulto, la comitiva fúnebre se dirigió al cementerio para dar cristiana sepultura al fallecido. El sacerdote y los presentes rogaron por el alma del finado. Y allí se quedaron los restos del padre que no tendría la satisfacción de verla crecer al amparo de su paternidad. Días más tarde visitaría de nuevo el camposanto, aferrada a la mano de una enlutada madre que le rogaría se postrase de hinojos y rezase por el alma del ser querido. El aciago acontecimiento permanecía indeleble en su memoria. Pero lo que más profunda huella le había dejado era la monumental losa esculpida en mármol blanco, que a su humilde entender imposibilitaba la libertad del espíritu. Repudiaba la inhumación y se erigía en ferviente defensora de la cremación. Pensaba que no en vano el fuego tiene connotaciones mágicas, y puesto que las cenizas resultantes de la cremación son esparcidas por el aire y el aire simboliza la libertad, ¿qué mejor manera de liberar el aprisionado espíritu?
“Lapis albus... Opresión marmórea sobre la cual litografiada con caracteres invisibles reza la siguiente advertencia: ¡Oh hombre, multiplicidad de células primigenias, que tu alma se pudra lentamente en el interior de ese foso profundo y negro llamado Nada! Polvo al polvo... ¡No olvides que incluso después de acontecido el exitus seguirás expiando la penitencia que te ha sido impuesta en vida! ¡Ah, no, jamás se te permitirá desprenderte de los sofismas que adquiriendo cualidad de axiomas elevaron a paradigmático rango a sus emisores, como si éstos estuvieran por encima de las miserias humanas, como si en la masa de su cerebro nunca hubieran anidado pensamientos pecaminosos! ¡Como si lo tóxico no intoxicara a todos los hombres por igual! El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. ¡Recuerda: Así como te ha sido negada la libertad de pensamiento durante tu estancia en la Tierra, así te será negada la libertad del espíritu! Por los siglos de los siglos... Amén.”
Su progenitora se había ocupado de que fuese creciendo sin que se le olvidara ni un solo rasgo de su progenitor. Y Frida se sentía agradecida por ello: imaginándolo a su vera le había hecho partícipe de su acontecer infantil, de su adolescencia y años más tarde de sus inquietudes de mujer. Respecto a la madre, ¿por qué nunca se había dejado acompañar por otro hombre? ¿Por no profanar la memoria del amado, tal vez, o porque descontenta con la relación con una sola experiencia había tenido más que suficiente?

© María José Rubiera